lunes, 18 de febrero de 2013

De Glotones y Traidores.



La virtud es una mala madre, una iglesia enorme.
La virtud de por si es escasa y se debe repartir entre demasiados.
Es así que debe fundamentarse en la mesura misma,
de este modo, para todos los hijos hay.
Tal como el cáliz de la eucaristía,
el capitalismo de la saciedad.


Que maldiga quien solo ha tomado de la leche bronca y escasa de la virtud.
Encontrará que es en el escenario de lo infame donde se revelan cúmulos de exquisitos festines.
Tres, seis, nueve, ¡infinitos tiempos!.
En cada uno, hay llenura,
efímera,
fugaz...
como todo lo que es bueno.


Deleite monstruoso.

Vasto de la belleza más accidental, repentina y secreta.
Son errores y ofensas al mundo moderno las que nos embriagan y nos extasían.


Belleza frágil.

Tan frágil que describirla con letra pequeña es un deber.
Como los cantos desafinados de un infante.
Como un brote de mala hierba en el pavimento.

Hombres con prodigiosos dedos índices dirigen un mundo virtuoso.
Consumidos por el hambre,
reparten juicios vanos y discursos pesados.
Llaman vacío, repulsivo, grotesco y vergonzoso a éste banquete nuestro.
Espían desde afuera de los ventanales un comedor tan vulgar como apetecible.
Nos miran como un hombre que no puede despedirse de la vida.


En ésta mesa, el desamor es arte terrenal, la tristeza es gloriosa.
La obscuridad es postre excitante y
la traición es licor embriagante que limpia el paladar,
cura el empacho (ajeno)
y controla el apetito nocturno.


Insatisfechos pecadores.
Somos los perseguidos,
somos los traicioneros.
Somos poseedores de la verdad detrás de la verdad,
de los sabores originales,
de los sazones auténticos.

Toma asiento, hay mesa para todos y un lugar para ti.

sábado, 16 de febrero de 2013

IV.







Los días se te disipan así de tenues; 
Con perlas lunas blancas, con soles llamas palpitantes. 
Cigarras que a caudales sus historias narran, 
de olores a hierba, de aves gigantes.

A tu gusto soy cómplice y villano de aventuras.
Me fijas al aquí y al ahora, al tú y yo-juntos.
De ésta realidad de desolaciones,
eres maestro con dulzura.

Asiduo besas a labios llenos,
cual la tinta en el papel. 
te adhieres en cada abrazo. 
Cedes todo espacio.
Para ti no hay argumentos buenos
para, en el óleo de la vida,
 no entregarse con cada trazo.


Por eso, nunca hay suficiente soledad, 
nunca suficiente duda. 
En tu ombligo, el misterio cardinal
de cuando Dios ríe o estornuda.


miércoles, 6 de febrero de 2013

Serendipia.



Padecer la crucifixión de vivir amando a una mujer imposible, puede no solo darte la fortuna de ser arrojado bruscamente y de un tajo a la realidad. Puede también adherirte, como pocos episodios, a la máxima plenitud de la vida.
Visualízate como yo lo hago contigo, disponiendo del sufrimiento como oxígeno para alimentar la flama gloriosa y pasajera de nuestra existencia. Ésta que, en su final, es tan ligera como una broma de niños.

Entreveo en el dar y recibir de una relación amorosa, más allá del velo de ternura y arrebato primero, un acto de eterna repetición; dato para etnólogos del sentimiento, un patrón de lineas en monocromo cuya horizontalidad es abrumadora, si lo comparo con la sutil, única y absoluta belleza del sufrimiento por desamor.

El pequeño porcentaje contrastante entre un hombre y otro reside, desde mi trinchera, en el tono de sus días más obscuros. Solo en la decadencia, en la cúspide del abismo melancólico, la millonésima parte diferencial, como borbotones de la leche en ebullición, surge hasta la capa más externa del ser.

El animal opreso rompe su encierro, su hechizo de encorvamiento ante lo civil y lo razonable. Iracundo, maldice y llora por éste azar de amar lo que le ha de ser negado (azar más cercano a la serendipia que a la crisis, no nos dejemos engañar).

Con crujido lacerante, un surco se abre en tu caja de caudales, permitiendo que éstos se exhiban limpios, incluso de tu voluntad, para ver si así, de una vez pudieres alcanza a reconocer el fuego de tu alma a flor de piel. ¿Duele? Amigo mío, nunca has estado más vivo que hoy que sientes que te mueres.
Morir de desamor es la afirmación más clara de que se vive. Igual que el brillo de un relámpago que calcina las montañas, iluminando una vida para siempre.



lunes, 4 de febrero de 2013

Si bien no pueden quererte.

Siendo yo arquitecto de mis caprichos, poco me importa lo imposible que es que tu me quieras. Ni ambiciono explicar este irrumpir tuyo en el fondo de mi alma.

Como la ostra, como el caracol que secreta su propio hogar, así has hecho tú en el fondo de mis entrañas. No creo en nada que no sean los hechos y ésto es un hecho para mi. 

El que en un momento tu fuiste en ésta vida mía, lo guardo vivo adentro. Tanto así, que vive con mayor voracidad que tú mismo que mueres a diario, a fuerza de desventura, estrujado bajo el peso de tu humanidad tan mezquina, tan real.

Es mi manera de volverte inmortal. Concediéndote hacer edificaciones en el alma y así dar, sin que te lo imagines, homenaje a nuestros roces eternos, que fueron, ciertamente, más reales para mi piel que para la tuya.

Para ésta mujer, tu nombre es Guerrillero de la Piel. La eventualidad de un deceso por desamor te es poca cosa, pues tu arsenal de cariño es inagotable y tu lucha es transparente y sin cuartel.

Adentro de mi, dictas tú las estaciones; girando y rozando el suelo, arrancas, avientas, salpicas y ríes. Como siempre lo has echo, irás acusando, rompiendo y quemando todo lo frágil y vano.

Una flama tersa y calcinante es el monumento que corona el centro del huerto que fundé en mi alma, junto al mar de mis secretos, para que habite allí la inmortal versión mas valiente de ti. Sí, quemas, nada vive por mucho tiempo en las llamas, y es por esto que sé que yo me voy a ir primero.

Pero cuando yo muera, moriré en tu huerto. Te lo voy a pedir, una vez que a mi cuerpo haya llegado el eterno descanso de su suerte maldita que fue desearte como un bolero, que me coseches entonces en el invierno, Comandate Guerrillero. Que entierres mi bulbo y me mires surgir de mi entierro.

Me verás germinar de tu caricia, de tus amaneceres. De tu de fusil, de tu resistencia, de tu llama. Tu tierra corromperá mis senos y mi boca, y mis manos, y mi sexo; tanto y mucho más de que en vida fue tu deseo.
Harán raíces, tus árboles vivos, en mis talones. Los frutos llevarán el sabor de mi piel y las flores del durazno, mi aroma para que flote siempre en el viento estival de tu aliento.

Creceré encima de mis huesos una cama de hierbabuena, para asegurarme, cada noche y por siempre, el peso de tu cuerpo sobre mi. Súdame, platícame, defiéndeme de la ventisca que quiera invadir en el huerto; mece mis ramas con la brisa de tus pestañas.

Espérame. Con tu liviandad inapelable, con tu sed de juerga, espera por el primer sol eterno, por la última noche de tu cuerpo, que aquí, en el huerto de mi alma no te aguarda ni final, ni despedida. Solo tiempos de siega, en los que me encontrarás con renovados bríos de entrega, con nueva voluntad.

Perfumaré el viento del norte con salitre y brea, tú pintarás de algún azul las ruinas de mis muros, esos que, con tus manos heroicas, derribaste un día en nuestra juventud.

Millones de velas se han de encender, una por cada milenio que te anhelé. El sudor de tu frente, al amar, regará los pastizales y dará de beber a mis cigarras que harán las de trovadores cuando llegue la tarde. Te contarán ellas de la locura de mi deseo, te dirán todo lo que se queda al borde de mi ceño, todas aquellas cosas que te tenía que contar. 

Poco me importa que me quieras en ésta vida, que tu rapsodia adelgace con los años. Bajo la morada de mis huesos eres el que fuiste. Éstos son los hechos y, para mi, eso es todo lo que hay.