miércoles, 6 de febrero de 2013

Serendipia.



Padecer la crucifixión de vivir amando a una mujer imposible, puede no solo darte la fortuna de ser arrojado bruscamente y de un tajo a la realidad. Puede también adherirte, como pocos episodios, a la máxima plenitud de la vida.
Visualízate como yo lo hago contigo, disponiendo del sufrimiento como oxígeno para alimentar la flama gloriosa y pasajera de nuestra existencia. Ésta que, en su final, es tan ligera como una broma de niños.

Entreveo en el dar y recibir de una relación amorosa, más allá del velo de ternura y arrebato primero, un acto de eterna repetición; dato para etnólogos del sentimiento, un patrón de lineas en monocromo cuya horizontalidad es abrumadora, si lo comparo con la sutil, única y absoluta belleza del sufrimiento por desamor.

El pequeño porcentaje contrastante entre un hombre y otro reside, desde mi trinchera, en el tono de sus días más obscuros. Solo en la decadencia, en la cúspide del abismo melancólico, la millonésima parte diferencial, como borbotones de la leche en ebullición, surge hasta la capa más externa del ser.

El animal opreso rompe su encierro, su hechizo de encorvamiento ante lo civil y lo razonable. Iracundo, maldice y llora por éste azar de amar lo que le ha de ser negado (azar más cercano a la serendipia que a la crisis, no nos dejemos engañar).

Con crujido lacerante, un surco se abre en tu caja de caudales, permitiendo que éstos se exhiban limpios, incluso de tu voluntad, para ver si así, de una vez pudieres alcanza a reconocer el fuego de tu alma a flor de piel. ¿Duele? Amigo mío, nunca has estado más vivo que hoy que sientes que te mueres.
Morir de desamor es la afirmación más clara de que se vive. Igual que el brillo de un relámpago que calcina las montañas, iluminando una vida para siempre.



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