lunes, 4 de febrero de 2013

Si bien no pueden quererte.

Siendo yo arquitecto de mis caprichos, poco me importa lo imposible que es que tu me quieras. Ni ambiciono explicar este irrumpir tuyo en el fondo de mi alma.

Como la ostra, como el caracol que secreta su propio hogar, así has hecho tú en el fondo de mis entrañas. No creo en nada que no sean los hechos y ésto es un hecho para mi. 

El que en un momento tu fuiste en ésta vida mía, lo guardo vivo adentro. Tanto así, que vive con mayor voracidad que tú mismo que mueres a diario, a fuerza de desventura, estrujado bajo el peso de tu humanidad tan mezquina, tan real.

Es mi manera de volverte inmortal. Concediéndote hacer edificaciones en el alma y así dar, sin que te lo imagines, homenaje a nuestros roces eternos, que fueron, ciertamente, más reales para mi piel que para la tuya.

Para ésta mujer, tu nombre es Guerrillero de la Piel. La eventualidad de un deceso por desamor te es poca cosa, pues tu arsenal de cariño es inagotable y tu lucha es transparente y sin cuartel.

Adentro de mi, dictas tú las estaciones; girando y rozando el suelo, arrancas, avientas, salpicas y ríes. Como siempre lo has echo, irás acusando, rompiendo y quemando todo lo frágil y vano.

Una flama tersa y calcinante es el monumento que corona el centro del huerto que fundé en mi alma, junto al mar de mis secretos, para que habite allí la inmortal versión mas valiente de ti. Sí, quemas, nada vive por mucho tiempo en las llamas, y es por esto que sé que yo me voy a ir primero.

Pero cuando yo muera, moriré en tu huerto. Te lo voy a pedir, una vez que a mi cuerpo haya llegado el eterno descanso de su suerte maldita que fue desearte como un bolero, que me coseches entonces en el invierno, Comandate Guerrillero. Que entierres mi bulbo y me mires surgir de mi entierro.

Me verás germinar de tu caricia, de tus amaneceres. De tu de fusil, de tu resistencia, de tu llama. Tu tierra corromperá mis senos y mi boca, y mis manos, y mi sexo; tanto y mucho más de que en vida fue tu deseo.
Harán raíces, tus árboles vivos, en mis talones. Los frutos llevarán el sabor de mi piel y las flores del durazno, mi aroma para que flote siempre en el viento estival de tu aliento.

Creceré encima de mis huesos una cama de hierbabuena, para asegurarme, cada noche y por siempre, el peso de tu cuerpo sobre mi. Súdame, platícame, defiéndeme de la ventisca que quiera invadir en el huerto; mece mis ramas con la brisa de tus pestañas.

Espérame. Con tu liviandad inapelable, con tu sed de juerga, espera por el primer sol eterno, por la última noche de tu cuerpo, que aquí, en el huerto de mi alma no te aguarda ni final, ni despedida. Solo tiempos de siega, en los que me encontrarás con renovados bríos de entrega, con nueva voluntad.

Perfumaré el viento del norte con salitre y brea, tú pintarás de algún azul las ruinas de mis muros, esos que, con tus manos heroicas, derribaste un día en nuestra juventud.

Millones de velas se han de encender, una por cada milenio que te anhelé. El sudor de tu frente, al amar, regará los pastizales y dará de beber a mis cigarras que harán las de trovadores cuando llegue la tarde. Te contarán ellas de la locura de mi deseo, te dirán todo lo que se queda al borde de mi ceño, todas aquellas cosas que te tenía que contar. 

Poco me importa que me quieras en ésta vida, que tu rapsodia adelgace con los años. Bajo la morada de mis huesos eres el que fuiste. Éstos son los hechos y, para mi, eso es todo lo que hay.


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