jueves, 28 de marzo de 2013

Kilometraje

¿En qué momento decidimos volvernos adultos? ¿Qué nos llevó a cometer ésta locura? ¿Cómo lo detenemos? ¿Recuerdas el momento en que te subiste a este carro?
La carretera compleja parece no tener pueblos aledaños ni refugios con camas tibias para descansar. Son demasiadas las señales y bifurcaciones. Los días y las noches pasan desde el asiento del conductor; pasa la gente, pasa el abandono, pasan las obligaciones, pasa la búsqueda, pasan con severidad.
Hay demasiadas vueltas que no deseo dar, demasiadas lineas que no deseo atravesar, tantas memorias que me quiebran la frente como lo hacen las líneas del atardecer desde el horizonte. Ellas son las que calientan peligrosamente mi motor y lo que lo echa a andar, aún me tuerzo por entender cómo funciona. Maquinaria de la nostalgia.

Parece que ya han pasado eones en el túnel desolador al que me interné hace tanto. Aquí no llega la lluvia ni su olor, no hay relámpagos que llenen de electricidad el aire, las luces artificiales alumbran día y noche y no respetan mi hastío.

Yo quiero que alguien me espere del otro lado, alguien que me resguarde del camino, pero ya no puedo recordar las caras. Diría que ando tan dentro como cerca de salir. ¿No soy lo más común y ordinario?
Quiero tener un hogar, una guarida a donde llegar cuando el cielo me empape. Quiero mar, quiero café, un sweter que huela a brazos tenues y un sillón para leer cuentos. Un amparo de la soledad y una ventana con jacarandas. Luna. Viento en el comedor.
Pero si nunca llego, quiero que tú me acompañes, que sintonices en la radio las canciones amas, que duermas mientras yo conduzco, que toques mi rodilla y en silencio mires el camino. Que si bien descifres por mi mirar que no sé a dónde vamos, me provoques con tu brío tierno a estrujar el acelerador y me preguntes con tu voz preciosa ¿Cómo haremos para nunca tener que parar?

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