sábado, 27 de abril de 2013

El Imperio de la Inmutabilidad.

Pero por favor quédate un rato más a compartir mi luto. Vives bajo la constante amenaza de mi propia extinción, pero nunca terminas por entregarte al hecho de mi ocaso.
Es la mínima elección que todo ser humano, hasta el más bajo, si gustas, debe tener. Quedarse tras el balcón o saltar desde el borde; sentir la brisa ondulando las cortinas en la cara, o el pavimento definiendo la humanidad.
Entre quietud y muerte, elijo la muerte. No puedes encontrar vida refugiándote en la paz, ni paz eligiendo la vida. 
Es contraposición y antítesis; los poetas, los revolucionarios, ellos mueren, los quietos viven, los optimistas viven y el amor mata. El amor no es soportable cuando hay tanto o tan poco que te lleva a dejar de vivir.

Me gusta creer que elijo lo significante sobre lo fácil. ¿Soy demasiado vanidosa creyendo que elijo del todo? El ruido sobre el silencio y la quietud. ¿Es ésto cierto, siquiera?

A ti ya te desconozco, transformado en un lobo más de la misma jauría que solías tener a menos. Aúllas preguntando por qué elegí la sacudida violenta del aguijón insolente de la realidad y no la anestesia placentera de una vida de virtudes precisas. 
El imperio de inmutabilidad.
 Buscas lo que solía ser en el silencio profundo. Te encuentras aullando solo. ¿Cómo se siente?

Recuerdo alguna vez escucharte decir que yo soy como una estrella fugaz, en el peor valor del término. 
Una fuerza natural, indiferente y destructora, viajando sin rumbo en el vacío y en la obscuridad. Así terminaría mi marcha entonces, en colisión violenta. En desintegración quizás, batida por la fricción en contra de un cielo al que he amado tanto como él ha de terminar por fracturarme.
Es así como todo este tiempo has decidido tú amar a alguien que se ha adherido a tu costado únicamente para saciarse de tu sangre.

Temo por mí, pues sospecho que he sido en completo sentido todo lo que cualquiera puede ser y se me está comenzando a agotar todo pretexto, como el pan después de un invierno largo, todo excepto mi certeza de tu espíritu manso y hambriento de significado. 
Por ti ya queda poco que hacer.

Somos un ramillete de necesidades retorcidas. 
¿Será que entonces uno no conserva el poder de elección? Solo el poder de saber qué es lo soportable... Lo que es la vida y lo que es la muerte.
Temo por mi que miro la vida a los ojos. Es el rostro de una madre. Familiar y temible, amada por lo que es y postergada de sol a sol.
Fue muy tarde cuando lo supe.
Se nos acabó el mundo a destiempo.
Y con todo y eso hay gente que sigue haciendo parrilladas, los templos se llenan los domingos y se siguen proclamando aleluyas.
No te vayas todavía, estamos de luto, ¿recuerdas?
Tenemos un algo que velar. 
No he terminado contigo y el sol no se oculta aún en mi horizonte.







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