viernes, 18 de octubre de 2013

 

El imperio de la pusilanimidad


 


Siempre cabe ante las deducciones nocturnas la posibilidad descorazonadora de encontrarse a uno mismo interpretando el papel de su versión más desatinada. La trasformación es una cadena de ligerísimas variaciones de marea y ya no poseer, como en la juventud, destreza en el frágil arte de la convicción y el orden rotundo, debería sorprendernos muy poco, en realidad.
Parece que razonar es sopesar las probabilidades en la balanza del deseo y no es de idiotas advertir un sorpresivo dejo de alegría, un rastro de liberación ante el fracaso de regatear con el patrimonio único que es la voluntad.
La conquista sobre el deseo suele someternos en un estado de inquietud ante la eventualidad de ver lo obtenido corromperse y disiparse como la presa de un depredador en el desierto, presa a su vez de las codiciosas larvas de carne. Debe ser que el deseo y el éxito son momentos que no siempre comparten un punto de partida y, con mucha menor frecuencia, un punto de descanso.
Temblores nocturnos y un compromiso ineludible de repetir y eclipsar ad infinitum las casualidades que nos colocaron en un pináculo que, parece, ante nuestros ojos incrédulos, colapsarse antes de acabar de edificarse.
Olas que se quiebran entre las rocas y desechan con violencia el excedente, ambicionan la quietud de las aguas serenas, sin saber que éstas, bajo su inmutabilidad agobiante guardan podredumbre que es la resulta de jamás haber colapsado en contra de ellas mismas.
 Es así que el fracaso, fruto de la pugna contra el propio "yo", se asemeja lo suficiente al alivio, sintiéndose real y definitivo como pocas cosas. La belleza del error, un imperio revuelto de sargazo y brea, estridente e indisoluble, otorga un beneficioso sentido de orientación y, súbitamente, una cordura superior al de una victoria rebatible.


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