lunes, 9 de noviembre de 2015

Cuando el animal gruñe, la mujer calla.




Siendo el vértigo un deseo oculto por dejarse caer,
yo te declaro culpable de provocarme vértigo descomunal.
Esta naturaleza tuya tan inclemente, es condena para mis días.
Como la mujer que se asoma desmesuradamente por el balcón
para robarle un vistazo al nuevo amante de su vecina, yo;
en un absurdo apetito por descifrar lo que dominas cuando encojes los hombros,
cuando cierras los ojos, como amurallas tus juicios al morderte el labio
y cuando aprietas los dedos;
me asomo sin mesura en los balcones de tus ojos marrón,
acaricio tu barba,
me anclo de tu espalda con el pavor y la liviana dicha de ser
ésta noche
ladrona fugaz de tu monstruosa humanidad.

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